Lo peor de este paisano nuestro llamado Pepe Rubianes es su falta de ecuanimidad. Esa afición suya a introducir a España entera por el noble orificio rectal es extraña y seguramente dolorosa, y tampoco revela un gusto refinado llamarla puta en público, como hizo en el plató de la televisión catalana para divertimento de los presentes.
Sin embargo, tanto la idea de considerar a las naciones supositorios, como la de tacharlas de meretrices, merecería respeto si fuese una forma de rebeldía. Es decir, si don Pepe hiciese lo mismo con todas. He ahí un anarquista consecuente, diríamos de él en ese caso. Habría que considerarlo un provocador comprometido, un deslenguado que transgrede las normas, todas, y se cisca en todas las patrias, todas.
Pero no es así. Cataluña no es puta, sino una virgen a la que se debe adoración, y ni Euskadi, ni Galicia, ni Portugal merecen ser introducidas por el conducto anal. Así pues, no hay transgresión en la conducta del autor gallego. Todo lo contrario. Rubianes dijo lo que dijo para hacerse perdonar el pecado de no ser catalán de pura cepa. Su escatalogía es circense, la misma que la del payaso que busca el aplauso del público.
Necesita sobreactuar. Ningún catalanista, por radical que sea, diría semejante cosa, porque no necesita meter a España por el culo para ganar puntos o ser más patriota. Son los desarraigados con complejo los que precisan dar pruebas de compromiso, como los conversos de otro tiempo afanados en limpiar su sangre impura.
Más que indignación, es pena lo que produce nuestro paisano. Es la viva imagen de la descripción del colonizado que hacía Fanon, obsesionado por emular a sus superiores, vistiendo como ellos, hablando como ellos y, en este caso, diciendo procacidades que a ellos les puedan hacer gracia. Es el comportamiento que tiene la mascota hacia el dueño que la alimenta.
Claro que, con su actitud, Rubianes ha demostrado lo liberal que es la España que provoca sus diarreas. Tan sólo se ha suspendido una representación programada en un local público de Madrid. Nada más. Es imaginable lo que hubiese ocurrido si en una entrevista similar se hubiera referido a los putos vascos o aconsejado a los franceses que se metieran su país por el sitio en cuestión. Necesitaría protección policial en un caso, y le lloverían demandas en el otro.
No ha sucedido ni una cosa, ni la otra. Rubianes se va a España, explotando por cierto a una figura española como Lorca, a hacer una representación en un teatro español, regido por una administración española, y simplemente se suprime la velada. Es una muestra de buen talante, que explica por qué tanta gente se siente a gusto en ese país que a Pepe le provoca sarpullido.
Qué lastima que para ser admitido en ciertos ambientes de Cataluña se necesite actuar como un colonizado. Aquí en Galicia, Rubianes no necesitaría llamar puta a ninguna nación para que respetásemos su genio. Ni siquiera en Cuba le valdría de mucho pedir que los americanos se metan Estados Unidos por el susodicho conducto porque Fidel, además de educado, nunca confundió a los dirigentes con los países.
Mucho nos tememos que el esfuerzo de Pepe por hacerse perdonar su origen será inútil. A los catalanes de anchas miras, que son la gran mayoría, les da igual la procedencia y aplican eso de que es catalán el que vive y trabaja en Cataluña. Y a la minoría fanática no le bastará con los desahogos de Rubianes para darle el pasaporte. Seguirá siendo un extranjero gracioso.
Carlos Luis Rodríguez, El Correo Gallego